Cecilia: ¿cuánto tiene el pote?

A poco de llegar la televisión a Venezuela, se transmitía un programa de preguntas y respuestas que se llamaba: “Monte sus cauchos Good-Year”. El participante elegía un sobre con preguntas y el profesor Negrón se las formulaba.

Si acertaba, el concursante le ponía un caucho a un modelo de automóvil a escala que tenían en el estudio. Eran cinco preguntas, que correspondían a los cuatro cauchos y al de repuesto. Si fallaba, el dinero iba a un “pote” que engrosaba su contenido en espera del próximo concursante. 

A su secretaria, Cecilia Martínez, le preguntaba de vez en cuando el profesor: -Cecilia, ¿Cuánto tiene el pote? Las preguntas estimulaban la creatividad. No exigían sólo memoria, sino sobre todo chispa, ingenio.

Hoy día la educación es muy memorística. Pareciera que se quiere sustituir la inteligencia con la memoria. Muchas prácticas educativas se empeñan en anular ese ingenio natural de los niños, concentrando el aprendizaje en repetir de memoria unos conceptos no asimilados. Al alumno se le convierte en un loro repetitivo.

En un interesante ensayo titulado “Cambio de paradigma en la educación” el profesor Miguel Martínez Miguélez señala las consecuencias de este modo de proceder: “El muchacho aprende muy pronto que lo que tiene que hacer es agradar al profesor. Siente que le sancionan el pensamiento creador -el no convencional- y premian la memorización. Por eso, concentran su esfuerzo, más que en comprender, en adivinar lo que el profesor quiere que le digan”.

El premio Nobel de Medicina, Szent-Györgyi dice que “el pensamiento creador consiste en ver lo que todo el mundo ve y pensar lo que nadie piensa”. ¡Qué lejos estamos de la educación para la vida! Tenía razón otro pedagogo práctico: “De diez cabezas, una piensa y nueve embisten”. No estamos enseñando a nuestros alumnos a pensar.

Hace más de cincuenta años -y sigue siendo actual-, Ángel Rosenblat se lamentaba de lo que él llamaba “indigestión textil”: los textos mal escritos y peor explicados: “Matan la imaginación y la curiosidad. Con una terminología abstrusa, con conceptos falsos e inútiles para las tiernas cabecitas infantiles”. La directora de un plantel añadía: “Mi impresión es que nuestros niños son mucho más avispados que los adultos y que la escuela tiende a empobrecerlos”.

Einstein decía: “El arte más importante de un maestro es saber despertar en sus alumnos la alegría de conocer y crear”. Muchas instituciones escolares están preparando a sus alumnos para un mundo que ya no existe, que ya se fue. Con la globalización y la informática, tenemos a la mano una biblioteca universal con todas las fuentes de información. El mundo se ha convertido en un “aula sin muros”, en frase feliz de McLuhan.

Hay que enseñar a jerarquizar toda esa información. A escoger lo principal. Decía Whitehead: “La educación tiene dos mandamientos: No enseñar demasiado, y lo que se enseñe, enseñarlo a fondo. Un hombre bien informado es lo más inútil que hay sobre la tierra”. Ya en la Grecia antigua Plutarco y Séneca decían que el niño no es un vaso que hay que llenar, sino una antorcha que hay que encender. Combatamos el “copy, paste”, enseñemos a razonar, a discurrir con lógica. A no dejarse llevar por impresiones. Tarea ingente que requiere de tiempo y de paciencia.

Seamos como el profesor Negrón. Como eran los profesores antiguos. Que no por antiguos, eran malos. Igual que los modernos, que no por modernos, son necesariamente buenos. El mejor profesor no es el que da buenas respuestas, sino aquél que sabe hacer buenas preguntas. Preguntas que ponen a los alumnos a pensar, a discurrir, y a buscar soluciones a los problemas que la vida les plantea.

 OSwaldo Pulgar Pérez / oswaldopulgar@cantv.net